Observé en silencio como la luz desaparecía, y volví a la puerta, a la espera de la cena. Esperé como un perro hambriento frente a ella, deseando que aparecieran los enfermeros. Pero eso ocurrió mas tarde. En el momento en que miraba y leía cada detalle de la puerta ocurrió algo que cambió todo el curso de mi existencia. A mi espalda escuché un ruido. Un ligero goteo de agua. No tenía nada que temer. No debía temer nada. Ellos no pueden entrar. No pueden. No pue...
Ahogué un grito de terror cuando vi un enorme charco de un liquido espeso y oscuro como el lodo. Un líquido que aparecía de ninguna parte y crecía. Crecía y alcanzaba la forma y estatura de un humanoide. Retrocedí tambaleando, con lágrimas en los ojos mientras el sonreía con su boca llena de dientes afilados como un tiburón, una boca enorme, una boca que ocupaba todo lo que debía de ser su cara. Después se puso un sombrero de copa negro y habló... habló con la dulce voz de una mujer, una voz que me aterró aún más que su figura
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