Pasaron apenas unos segundos que parecieron horas. Solté el aire que ocupaba mis pulmones y sentí el corazón volver a latir. Miré la bandeja con la comida, sin hambre y las pastillas que había al lado, sobre la bandeja. Las pastillas que alejan a los fantasmas, un producto mágico, creado por alguien completamente superior a mi, y a ellos, que me permitía unas horas de tranquilidad cada día.
Comí algo y después me tomé el puñado de pastillas sin agua, de un solo trago. Las sentí bajar por mi garganta con una sensación de placer y molestia a partes iguales y me tumbé en el suelo, esperando volver a sentirme bien.
Minutos después empecé a sentirme débil, era la señal de que las pastillas estaban haciendo efecto. Sonreí y comí el resto del plato con avidez, pese a que no tenía hambre. Hoy me esperaba un gran día un día como otro cualquiera, observando el jardín del hospital, lejos de cualquier espectro que me acechase.
Pasé horas ante la ventana, vi como todo se oscurecía, vi como la gente desaparecía del jardín y volvía a las instalaciones. El enfermero hacía horas que había dejado la cena. Una cena que poco a poco se enfriaba. Las sombras cubrieron la habitación, el silenció engulló cualquier sonido. Todo parecía en calma. Todo.
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