Caigo.
Caigo en mi propio corazón. En mi propia oscuridad. En esa parte de mi que devora lo poco de persona que me queda.
Despierto sobresaltado. El duro suelo de mármol me da la bienvenida con un frío abrazo. No estoy en mi habitación, estoy en un pasillo viejo, destrozado, oscuro. Un pasillo del que no puedo ver el final. Apenas veo la luz que emerge de las rendijas de las puertas que llenan las puertas. ¿Donde estoy?¿Que es esto?
Con un fogonazo, una luz aparece a mi espalda, mostrándome en infinito. Y un mensaje. Un mensaje escrito con mi propia sangre, la sangre que mana de las heridas de mis brazos.
"Bienvenido"
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